Concurso 2009 "Terminemos el cuento"
Preámbulo
La Unión Latina, Organización Internacional Intergubernamentalque reúne 40 Estados de idioma oficial de origen latino, con el patrocinio del Ministerio Español de Educación, Política social y Deporte y de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), y Ediciones Trilce, el apoyo de la Embajada de España en Uruguay, el Centro Cultural de España y ANEP-Consejo de Enseñanza
Secundaria, convoca a la IX Edición anual del concurso literario internacional para jóvenes Terminemos el Cuento.
Los jóvenes son los protagonistas
Terminemos el cuento es una innovadora experiencia creada por la Unión Latina en 1991 en la que estudiantes de 14 a 18 años, de todos los países hispanohablantes, miembros de Unión Latina, son los protagonistas. Este año participan 17 países: Andorra, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, España, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay, Venezuela y el estado de California (Estados Unidos).
El concurso
En todos los países, la tarea de cada participante consistirá en concluir el cuento inédito «El botero de don Claudio» del escritor chileno Jorge Edwards, finalizándolo de forma diferente a la del autor.
Una lengua común, un encuentro compartido
Un jurado en cada país seleccionará el relato ganador. Se tendrá en cuenta, para ello, la originalidad y la calidad literaria del final imaginado y escrito por los candidatos y del lenguaje empleado así como la promoción de los valores de paz y convivencia. Los ganadores de los distintos países compartirán una semana cultural en España visitando Madrid. Durante este viaje podrán poner en común sus experiencias y asistir a encuentros culturales de diversa índole.
El botero de don Claudio por Jorge Edwards
El relato salió de una nota en una historia de nuestra guerra civil de 1891. Los políticos derrotados escaparon desde Valparaíso en un barco de guerra alemán que hizo escala en El Callao, Perú y siguió a Europa. El botero que llevó al barco al jefe balmacedista Claudio Vicuña
no pudo regresar porque la multitud amenazaba con lincharlo. También se embarcó.
Toda la tarde había escuchado explosiones y ruidos confusos, y al anochecer había tenido la impresión de que el cielo, detrás de los cerros del puerto, era un solo incendio enorme, un infierno en la tierra, encima de los acantilados.
¡Mira!, le había dicho al Tuerto, otro de los boteros de la poza número uno, un zambo medio enrevesado, de pelo crespo, y el otro le había contestado que andaban diciendo por ahí, por ai, que el mundo se iba a acabar. Después llegaron dos personas, dos empleados de la Intendencia, pálidos como papeles, y les dijeron, ¡eh, vos ahí, y vos también!, que estuvieran preparados. Los dos. El Tuerto tendría que partir con la carga, las maletas, los bultos, las cajitas de té, adelante. Y él, tú, el Huiro, con los caballeros y toda la familia, al final.
Embarcar la carga costó mucho, más de dos horas. El bote del Tuerto quedó hundido hasta cerca del reborde, pintado de un color más oscuro, pero el Tuerto dijo que no tuvieran cuidado.
Él, dijo, yo, respondo, patrón. Y empezó a remar con la ayuda de Dioguito, el hijo de su
hermana. En la mitad de la poza, entre gaviotas y pelícanos, el Tuerto seguía remando de pie,
sin hundirse, con cara de iluminado. Después lo vieron cuando empezaba a descargar junto a
la escalerilla del acorazado, con ayuda de los marineros alemanes, que tenían caras coloradas,
boinas negras, y usaban camisas con los cuellos bien abiertos, con los pelos del pecho al aire.
Las explosiones siguieron y como que se acercaron, y de repente se escuchaba una balacera,
y había gritos y aullidos, y gente de todas las edades que corría por la plaza y que empezaba
a apiñarse en el muelle, cerca de la orilla. La gente se reía de los boteros, les tiraba cáscaras
de sandías, y algunos vociferaban toda clase de insultos al gobierno. Por las ventanas de la
Intendencia, al fondo de la plaza, se notaba que adentro había mucho movimiento. Se apagaban
luces y se volvían a prender, y las sombras asustadas corrían de un lado para otro. A veces se
asomaba un soldado con un fusil y miraba a la gente en la calle, pero de inmediato se escondía.
En eso, los dos empleados de la Intendencia le hicieron toda clase de señas, más pálidos y
más asustados que antes, y uno de ellos hasta mostró una pistola e hizo ademán de disparar al
aire.
La gente, alrededor suyo, le abrió camino y dejó de gritar por un rato.
¡Abran paso!, chillaba el hombre, con cara de furia, y agitaba su pistola.
El grupo, encabezado por don Claudio, de levita gris y bigotes enroscados hacia arriba, en
forma de tirabuzón, avanzó por el centro, con caras muy serias, desencajadas. Don Claudio no
abría la boca. Se ayudaba con un bastón grueso y habían contado que adentro del bastón llevaba
un estoque filudo. Para matar al primer roto que se le atravesara. Las señoras, en cambio, de
mantilla, rezaban, y las chinas lloriqueaban, y los niños andaban a tropezones, mirando para todas
partes, pálidos de susto. Todo iba a arder dentro de poco rato, seguro, y la única salvación era
el acorazado chato, de color de acero tirando a amarillo, con sus marineros de cuellos grandes y
caras de jaiva, con sus águilas imperiales negras, con las bocas gruesas de sus cañones.
Ya vuelvo, le dijo el Huiro al Turnio, agarrando los remos. Espérame.
Te espero, y salimos a celebrar, contestó el Turnio.
¿A celebrar qué?, preguntó el Huiro, sorprendido.
Triunfó la Revolución. Mataron a miles de gobiernistas. ¿Te parece poco?
Él se quedó boquiabierto.
Reme con cuidado, le ordenó don Claudio, con los dientes apretados. Mire que mi señora se
marea.
Entonces vio, don Claudio, que algunos jinetes de la caballería de los congresistas habían
aparecido frente a la Intendencia, recién llegados de la Placilla, que sólo quedaba en la parte de
atrás de uno de los cerros, y le rogó que remara más rápido. No es fácil entender a este caballero,
se dijo él, pero, de todos modos, remó con más fuerza. Dos de los jinetes se acercaron a la
orilla. Sus lanzas estaban ensangrentadas. Los caballos sudaban, echaban por entre la armazón
del freno espuma sucia, y daba la impresión de que los jinetes, después de la batalla, se habían
emborrachado con aguardiente.
¡Más rápido!, masculló don Claudio, y ahora sí que tenía miedo por primera vez, verdadero
miedo. Se escuchaban gritos más cercanos, y galopes, y una que otra clarinada, y de repente un
golpe seco. En el segundo piso de la Intendencia, dos o tres personas agarraban un armatoste
pesado, un ropero, o una mesa de mármol negro, y lo tiraban por una ventana. Él observó que
el Tuerto había amarrado su bote y había desaparecido entre la gente, sin esperarlo. ¿Cómo voy
a volver?, pensó. Su mujer, la Quintilia, con sus dos hijos, se había ido a vivir con un zapatero
remendón hacía más de tres años, pero él tenía una negra gorda que le hacía de comer y que de
vez en cuando, sobre todo si se había tomado unos vinos, se metía adentro de su cama.
¡Avísale a mi negra!, pensó pedirle al Tuerto, pero ya no había manera de comunicarse con
él. Había partido a celebrar, el Tuerto sinvergüenza. Quizás a dónde. Mientras otros entraban en
las casas de los que se habían escapado y robaban todo lo que podían.
La parte roja del cielo aumentaba, como si le hubieran echado más leña al infierno. Había
erupciones, estallidos, alaridos, piedras que salían disparadas por los aires. Los cerros parecían
dominados por una alegría salvaje, incendiaria, como si los pobladores quisieran acabar con
todo y empezar de nuevo, desde la ceniza.
¿Cuánto falta?, preguntó don Claudio, que se había arrancado a tirones, de puro nervioso,
uno de los botones del chaleco, y que se había puesto, en cambio, una escarapela en la solapa,
como para que lo reconocieran y supieran. Él notó que dos soldados bajaban por el muelle, con
bayonetas caladas, y que se iban a subir a un bote, pero después les daban contraorden.
Cuando el bote llegó hasta la escalerilla de metal del buque, don Claudio se puso de pie, gordito, con las piernas tembleques, y quiso subir a toda carrera. Después se contuvo, y el pecho se le infló, como si fuera una gran ave de corral, y se le volvió a desinflar, y se hizo a un lado para que subieran primero las señoras y los niños. El capitán del barco, desde la cubierta, miraba para abajo y daba órdenes en alemán. Don Claudio respondía con palabras alemanas sueltas, que no significaban nada, mientras los marineros, que ayudaban a los niños y a las señoras, se hacían señas entre ellos y miraban al caballero gordito, el de la levita y la escarapela, el de los bigotes en punta, el del bastón, de reojo.
Él, el Huiro, recibió su paga, una moneda más o menos gruesa, y remó de vuelta durante
un buen rato, pensando en las cosas que le había tocado ver y escuchar ese día. Al acercarse
al muelle divisó las lanchas de los revolucionarios, que lo miraban con mala cara. Uno de los
infantes de marina levantó su fusil y le apuntó, y él hizo ademán de agacharse.
¡Mueran los balmacedistas conchas-de-su-maire!, gritaron los tripulantes de las lanchas.
¡Muera el Champudo! Y lo miraban a él como si ya lo hubieran sentenciado.
Él siguió remando a todo lo que daba, sin mirar para los lados, y vio que había soldados y caballos
de la caballería congresista que ahora bloqueaban la subida al muelle, y creyó divisar una cabeza
humana ensartada en una de las lanzas, pero no estuvo seguro. Desde abajo del muelle, un botero
viejo, el Taita, amigo suyo y del Turnio, le hacía gestos disimulados, pero enérgicos, para que se
alejara. ¡No te acerques, Huirito, porque te van a matar!, pareció que le decía con los labios.